
A finales del siglo IV, Agustín de Hipona descubrió a Ambrosio de Milán leyendo en silencio. Si hay un momento que funda el imaginario del lector moderno, es ese hallazgo. Hasta entonces, leer era un acto oral y colectivo. El obispo de Milán lo volvió silente, velado, íntimo. Durante siglos, los lectores hemos creído que ese imaginario –el del lector absorto, meticuloso– permanecía intacto. Pero en las postrimerías de la cultura letrada surgen signos de su desgaste.
Este desgaste no afecta solo al lector. Si el lector moderno nació con el silencio de Ambrosio, el autor moderno surge del retiro: la figura del creador hermético, aislado en su torre. Ambos imaginarios se sostienen mutuamente. Cuando uno se desgasta, se desgasta el otro.
Uno de los signos más evidentes del deterioro actual es el retorno del autor. Como todo revenant, regresa transformado: ya no es el genio taciturno recluido en su obra, sino el creador ubicuo, cuya vida pública amenaza con devorarlo. Rodeado por una cultura que exige transparencia y accesibilidad, se aproxima a la figura del influencer, quien existe menos por lo que escribe que por lo que dice de lo que escribe. Memorias de un leedor de Pablo Sol Mora se puede leer como un contrapunto de ese espacio fracturado. No tematiza explícitamente el ocaso de este imaginario, pero su existencia misma responde a esta erosión.
Sergio Luis-Alcázar, «Frente al ocaso lector», Letras Libres, no. 324, Diciembre 2025.
En Sobre la lectura, Proust escribe a propósito de las lecturas iniciáticas: “lo que sobre todo dejan en nosotros es la imagen de los lugares y los días en que las hicimos”. Alude, en particular, a la infancia: las lecturas furtivas a la luz del insomnio; las incesantes interrupciones de los padres; la fingida indiferencia —o la admiración impostada— hacia ciertos autores y ciertas obras; el vértigo y la desolación de imaginar, al cerrar el libro, que nunca volveríamos a ver a los personajes que nos habían hecho jadear o sollozar.
En el prólogo a las Memorias de un leedor, Pablo Sol Mora explica el germen de este libro: tiempo atrás, en una conversación con Ricardo Piglia, este le refirió el proyecto de una obra, mezcla de autobiografía y crítica literaria, acerca de las lecturas decisivas. Años más tarde, en Los diarios de Emilio Renzi, el alter ego de Piglia vuelve sobre esta idea: “‘los libros de mi vida’, dijo. No los que había escrito, sino los que había leído”. La única consigna: que el lector se recordara a sí mismo leyendo, que fuera capaz de evocar, como sugería también Proust, una imagen de lectura. No solo debía registrar, a la manera del escritor francés, los lugares y los días, sino “el libro concreto, la edición, el lugar y el tiempo, el estado de ánimo, la situación precisa de la lectura”.
Liliana Muñoz, «Tras el Conejo Blanco», Criticismo, 55, Julio-Septiembre 2025.